El impacto psicosocial de los eventos traumáticos que se presentan como resultado de un desastre natural

México está padeciendo uno de los desastres naturales más lamentables de la historia y una parte importante para trabajar es la emocional, decenas de familias están viviendo en carne propia la pérdida de un hijo, de un compañero de trabajo, de un esposo, de un padre o una madre, están viviendo un ambiente en donde no sólo su familia se vio afectada sino también su hogar, el lugar donde trabajan, la ciudad en donde habitan y un país entero que no deja de dar muestras de solidaridad ante este tremendo catástrofe.

 

¿Por qué es tan dolorosa la pérdida de un ser querido durante un desastre natural?

La respuesta podría parecer obvia, sin embargo, el trasfondo es más delicado de lo que parece. Indiscutiblemente, la muerte es parte natural del ser humano, todos vamos a morir, ese es un hecho, la persona más poderosa y rica del planeta no está exenta de perder la vida, el bebé más pequeño del planeta tampoco se salva (la edad no está relacionada con la muerte), el ser humano más saludable del mundo también morirá, nadie, absolutamente nadie, está exento.

Pero existe algo que para la mente del ser humano es difícil de asimilar y es perder a un ser querido de manera sorpresiva, cuando uno de nuestros padres fallece por vejez es de cierta manera más comprensible y nuestra mente se prepara para aceptar la pérdida, cuando un hermano, sobrino o tío padece una enfermedad terminal también nuestro cerebro va trabajando para aceptar que la muerte es una posibilidad.

Pero, ¿qué sucede cuando por la mañana vestimos a uno de nuestro hijo, le damos su desayuno y lo llevamos a la escuela con toda la tranquilidad del mundo pensando que estará en un lugar seguro y después de un par de horas nos damos cuenta de que el edificio en donde se encontraba nuestro hijo ya no existe? O que la ciudad tal como la conocemos quedó devastada por un huracán o un sismo, ¿qué sucede en nuestra mente cuando pasamos por una situación en donde la mayoría de nuestros familiares, amigos y conocidos se encuentran en peligro y lo único que vemos en las noticias es que hay gente desaparecida o que ha fallecido?.

Nadie en todo el planeta está preparado para recibir una noticia así, ni el psicólogo o psiquiatra más prestigiado del mundo, ni el filósofo más reconocido, el médico más famoso o el científico más extraordinario de la historia, absolutamente nadie tiene una mente tan entrenada para no sentir dolor o desesperación ante la pérdida masiva, es cierto que habrá personas con mayor capacidad de resiliencia que otras y que su proceso será más rápido y sano que la mayoría, pero absolutamente todas las personas pasan  por la respuesta individual de las tres fases (antes, durante y después del evento) que nos propone la Organización Panamericana de la Salud en su Guía práctica de salud mental en desastres.

Antes. En la fase de amenaza se produce miedo y una tensión emocional colectiva que prepara el enfrentamiento a la amenaza. Las reacciones individuales dependen de varios factores, entre los cuales está la experiencia previa (como en el caso de México, el temblor de 1985). Pueden surgir actitudes de negación del peligro en las que la persona continúa con sus actividades cotidianas y no toma precauciones; en otros casos, aparecen actitudes desafiantes, de gran desorganización, o comportamientos pasivos o agitados que resultan poco  adaptativos.http://www.kebuena.com.mx/wp-content/uploads/2016/09/temblor-e1442496662666.png

Durante. Si la situación pasa de ser una amenaza y se convierte en realidad, los individuos deben enfrentarse de manera abrupta a hechos que pueden ser aterradores, se generan cambios neuroquímicos en el sistema nervioso central y pueden afectarse las respuestas inmunológicas. Las reacciones emocionales son intensas, el individuo siente interrumpida su vida y presenta reacciones muy variadas que van desde el miedo paralizante a la agitación desordenada y desde la anestesia sensorial al dolor extremo. Puede haber un estado de hiperalerta pero, más frecuentemente, hay moderados grados de confusión en la conciencia que se manifiestan como aturdimiento, desorientación y dificultad para pensar y tomar decisiones. Se pueden presentar diversos grados de disociación en los que el individuo se siente colocado en posición pasiva ante una realidad que es vivida como película ajena.

Después. Un vez pasado el evento agudo que, en algunos casos, puede prolongarse por horas, días y meses (volcanes, guerra), la víctima continúa experimentando oleadas de temor y ansiedad al recordar el trauma o al comenzar a elaborar las consecuencias del mismo. Al miedo y a la ansiedad se suma una inestabilidad emocional sobre un trasfondo de tristeza e ira. La alteración emocional incide en el resto del funcionamiento psicosocial.

Pueden aparecer ideas o conductas inapropiadas, el sueño se hace irregular y poco reparador, disminuye el apetito, surge la irritabilidad los conflictos en las relaciones interpersonales, y se dificulta el cumplimiento de tareas habituales. Además, aparecen o se acentúan las quejas somáticas (dolores o molestias variados) y pueden surgir o agravarse las enfermedades preexistentes, puesto que se disminuyen globalmente las defensas o se hacen insuficientes las medidas de control.

Si el impacto es grave y colectivo, en esta fase ya se nota el daño en la cohesión familiar y social, lo cual dificulta obviamente la superación individual del trauma. Si a ellos le sumamos la persistencia de la amenaza o la necesidad del desplazamiento, resulta fácil entender que los procesos de readaptación se postergan y las manifestaciones psíquicas corren el riesgo de agravarse y volverse secuelas permanentes.

La necesidad de manejar simultáneamente las emociones personales y las relaciones y compromisos interpersonales, y cumplir con las tareas de la vida diaria resulta abrumadora para las víctimas, que se confrontan permanentemente con la necesidad de adaptarse a la pérdida y a lo nuevo.

Por ello, es de suma importancia recibir atención psicológica posterior (lo más pronto posible) a un desastre natural, como el ocurrido el pasado 19 de septiembre, una mente clara y consciente  tiene mayor posibilidad de poder llevar en un futuro una vida con total normalidad a pesar cualquier pérdida.

“El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física”.

Viktor Frankl, autor de el libro El Hombre, en busca de sentido

Por Cristal Liera

¡Fuerza México!

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